martes, 14 de marzo de 2017

Sobre el deporte.

He estado pensando mucho sobre los deportes últimamente y sobre lo poco que me gustan. Hace un par de años tenía un profesor de antropología en la universidad, vamos a llamarle Zerg. Zerg era un hombre muy consumado, académico, con aires de grandeza. Detrás de unas lentecillas modestas y pequeñas se escondía un rostro muy criollo; ojos pequeños, cejas delgadas, un corte de cabello modesto y nada excepcional, y una nariz más grande que el Salto Ángel. Zerg además de ser profesor era voluntario de los bomberos, o como sea que se le llame esa gente que hace voluntariado en el cuerpo de bomberos.

Zerg buscaba cualquier excusa para recordarnos que pertenecía al cuerpo de bomberos. Un día incluso apareció en el aula vestido de bombero. Fue la cosa más pretenciosa que había visto en mi vida entera, pero bueno, la verdad es que el hombre era un excelente tutor y cualquier delirio egocéntrico que tuviese era un derivado de su inteligencia, así que lo dejaba pasar.

Pasa lo siguiente:

Si había alguna cosa que le gustase a Zerg más que hablar de sus aventuras en el cuerpo de bomberos, era hablar de béisbol.

Lo hacía todo el día. Empezaba las clases hablando de béisbol. Terminaba las clases con alguna nota alegre hablando de béisbol. Durante los ratos muertos entre trabajos hablaba de béisbol con los alumnos. A veces lo veías llegar con una gorra de algún equipo de béisbol. A veces lo veías en los pasillos o en la cafetería, discutiendo sobre béisbol con sus colegas.

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Un día en específico, estábamos en clase discutiendo sobre temas de la psicología social y la sociología y entre el debate, surgió el tema del deporte como herramienta social. En efecto, el "deporte", sea cual sea, es una herramienta social muy fuerte. Te permite congeniar con tus iguales, compartir opiniones sobre temas saludables e inofensivos, promueve cierto nivel de competitividad (a veces hasta llegar a extremos, como el famoso tema de los carteles en Colombia) y, en general, nos ayuda mucho a ajustarnos a nuestro entorno. Incluso si no somos deportistas, si pasamos todo el día engordando y durmiendo, la simple actividad de ver el canal de deportes y enterarte del partido de turno, eleva tu habilidad conversacional inmensamente.

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Pero sucede que yo siempre he sido un maldito fenómeno de la naturaleza, destinado a pasar horas pensando en estas cosas que no tienen principio ni fin.

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Hace un par de años, recuerdo, venía de ver una película en el cine. Iba de camino a casa, había parado un taxi en la avenida, y como es de costumbre en mi país, iba en el asiento del copiloto. Me había tocado uno de estos taxistas conversadores, echadores de vaina, criollos a más no poder, más Venezolanos que un patacón. Yo, la verdad, no tenía muchas ganas de conversar pero bueno, cuando toca, toca. Todo iba bien hasta que el hombre en cuestión me pregunta que a cuál equipo le voy. "¿Equipo de qué?", le respondo yo. "De béisbol pues", me responde el taxista, a lo cual contesto: "No vale, yo la verdad no veo deportes. Me da un poco de ladilla, prefiero ver otras vainas".

El taxista me miró con cara de horror, como si de la nada hubiese visto un esperpento maligno surgir en alguna esquina. "¿No te gusta el béisbol?", me repite el hombre. "No, no me gusta", le repito yo. Luego de un par de minutos de silencio incómodo, el hombre en cuestión finalmente dice "Yo siempre he dicho que al que no le guste el béisbol no es Venezolano".

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A ver, ¿cómo hago para abordar este tema sin parecer un completo imbécil? No se trata de que haya ofendido mi sentido de pertenencia, evidentemente no, lo que me diga o me deje de decir el taxista de turno un día cualquiera no me afecta en lo más mínimo. No se trata, tampoco, de que tenga algo particular en contra del deporte. El acto en si, me parece majestuoso. Desde el inicio de los tiempos el ser humano ha demostrado su valor a través de proezas físicas impensables, desde atletas olímpicos hasta gladiadores romanos. No se trata ni siquiera del hecho de que a la gente le guste y sienta pasión por ello, lo cual me parece perfectamente entendible y hasta saludable.

Se trata, básicamente, del ostracismo. Se trata de que aquellas almas perdidas, como la mía, a las cuales nunca les llamó la atención ver hombres en pantalones cortos pateando una pelota de un sitio a otro. Se trata de la falta de entendimiento e inclusión a aquellas personas que prefieren dirigir su atención a cosas distintas. Y ojo, digo distintas, no mejores. Porque entiendo también que personas como yo solemos presentarnos como prepotentes y prejuiciosos, que al decir que no nos gusta el deporte, vemos a aquellos a quienes sí les gusta como seres inferiores y despreciables. Pero esto es también un mecanismo de defensa. Piénsalo, este taxista común, que no me conoce de nada, que no conoce ni de dónde soy, ni a dónde voy, ni nada sobre mi en lo absoluto, se atrevió a decirme que por mi desdén para con el béisbol no soy Venezolano.

Me voy a poner folclórico por un segundo:

Mamaguevo, becerro er coño. ¿Quién te crees tú? ¿Quién te crees que soy yo? ¿Tú sabes dónde nací yo, mamaguevo? En Cagua, mamaguevo. Me crié en Turmero, mamaguevo. Si yo fuese un sifrinito de Caracas que vive en el Hatillo, coño depinga, dime lo que quieras. Pero cuando yo nací en un mardito pueblo en el interior de esa mierda y viví ahí hasta mis veintiún años, no me puedes venir a decir que no soy Venezolano nada más porque no me gusta una verga que a ti sí. Mamamelguevo chico. Mámamelo en cruz invertida, maldito becerro. Ojalá te de sida.

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Pero bueno, volviendo al tema. Recuerdo que en una conversación con Zerg (mi anterior profesor de antropología, por si no te acuerdas), mencionamos este tema. Zerg reveló, para mi completo horror, que a él nunca le gustó el béisbol en realidad. La única razón por la que hablaba de ello constantemente era para demostrar lo eficaz que puede ser una herramienta social de este tipo. Puedes ser el intelectual más extraño y excéntrico sobre la tierra, puedes ser el individuo más detestable y arisco que pueda existir, puedes ser feo, puedes oler mal, puedes ser aburrido y tosco, soso, pendejo, mal hablado, ignorante, retrasado mental, pajúo; puedes ser la persona más detestable que ocupe espacio en el cosmos; pero si sabes de deportes, hacer amigos es muy fácil.

Esto me dejó, por falta de otra expresión, absolutamente perplejo. Y aquí es donde llegamos al meollo del asunto. La pregunta del millón de dólares: ¿Es necesario (y en última instancia, correcto) aprender sobre algo que no te gusta sólo para ser aceptado por una sociedad que es ultimadamente implacable, inexorable y despiadada?

Es esto lo que llevo preguntandome los últimos días. Hace unas semanas comencé a leer una novela de Andrzej Sapkowski llamada El Último Deseo. Esto es irrelevante en si, lo menciono sólo para que vean que soy un chico hip y cool que lee novelas poco conocidas de autores polacos. Lo que sí es relevante es el hecho de que, tras reiterados intentos de entablar una conversación sobre la novela con familiares, amigos, conocidos, colegas, etc- me he encontrado con un muro impenetrable. A la gente le importa muy poco (véase; nada) lo que tengas para decir sobre unas novelas de fantasía sobre algún mutante medieval que caza monstruos para vivir. A la gente, sin embargo, le interesa muchísimo lo que tengas para decir sobre el último chisme de la superestrella de turno, o del último divorcio de alguna celebridad olvidada, o de que viste a Messi en el aeropuerto hace unas semanas.

Muy a parte de mi opinión sobre estas cosas, que me parecen horrendas y vanales a más no poder, está el concepto de entendimiento e interés. Mira, a mi me importa un coño que si Jennifer López se operó una nalga, o la otra, o las dos. Me importa poquísimo. Me importa nada. Pero sí eres una persona allegada a mi, te lo juro que te voy a escuchar con todo el interés del mundo, por muy poco que me importe. Es más, si somos tan allegados que somos básicamente hermanos siameses, podría llegar hasta decirte en tu cara "marico qué mierda me estás contando callate la boca vale". Lo que no voy a hacer, sin embargo, es pretender vacíamente que me interesa y luego interrumpirte a la primera señal de algún otro tema de conversación. Esto se llama ser una persona decente. Se llama no herir los sentimientos de los demás. Yo sé que los juegos de video y los memes de internet no son el tema de conversación más interesante. Yo sé que no soy una persona extremadamente elocuente. Yo sé que las cosas que digo pueden ser increíblemente aburridas. Es precisamente por eso que me cuesta mucho contarle a la gente sobre cosas que me causan interés, y cuando lo hago, es porque considero que a esa persona podría interesarle un poquito, o al menos, podría ser lo suficientemente decente como para escucharme hablar.

Pero como verán, estoy acá, sentado, escribiendo. Saquen sus propias conclusiones, yo me voy a encerrar a llorar un rato.

-Daniel

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